Rebeca era muy atractiva. Una noche, como otra cualquiera, volvía a su casa caminando ligeramente afectada por el alcohol. Cerró los ojos.
Cuando despertó estaba amordazada y atada a una silla, con las manos juntas detrás del respaldo y cada pie en su correspondiente pata. A su alrededor todo era oscuridad, pero acertaba a ver algunos contornos de columnas distantes gracias a la luz que entraba por una solitaria ventana que tenía enfrente. La luna tenía una viveza inquietante esa noche, casi agresiva.
Estaba asustada, pero no dejó en ningún momento que el pánico rigiera la situación. Racional como siempre había sido, comenzó a observar su entorno, buscar con la mirada útiles con los que escapar. De nada servía encontrar explicaciones. “¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Quién me ha atado? ¿Para qué”. ¿Realmente servía pensar esto dada la situación? No era una película, era la vida real, y en la vida real lo práctico es lo válido.
Su búsqueda visual se detuvo, y también su raciocinio, cuando escuchó tras de sí abrirse una puerta y unos pasos que se adentraban en su recién estrenada habitación. Quien entrara cerró la puerta, echó la llave y encendió un mechero. Dio algunos pasos más y se paró. No se movía, no hacía ruido. Tampoco Rebeca emitía sonido alguno. Tanto era así que intentaba respirar lo más lentamente posible, como si creyera que guardando silencio no la descubrirían. Miró hacia atrás, todo lo que pudo, y no vio más que el difuso contorno de una figura situada en un ángulo de la habitación donde la luz de luna no llegaba. Lo que más la inquietaba era ver la punta de un cigarro ardiendo, ascendiendo despacio, refulgiendo con viveza, descendiendo despacio, y una nube de humo que aparecía de la nada. Y vuelta a empezar. El silencio era tal que parecía amplificar el sonido del cigarro mientras se consumía.
Quien estuviera ahí no tenía ninguna prisa, disfrutaba el momento. Rebeca cedió ante el pánico y comenzó a forcejear, por supuesto en vano, para liberarse de sus ataduras. A los pocos segundos se cansó de intentar lo inútil y su cordura volvió. Viendo la situación en la que se encontraba, decidió esperar.
El cigarro descendió por última vez hasta el suelo, un zapato negro lo pisó y se apagó la única luz que había en el cuarto. La figura, ahora reconocible como un varón, se acercó hasta Rebeca. Le quitó las ataduras. Ella se levantó apresuradamente con la intención de salir corriendo, pero evidentemente aquel hombre no le permitió hacerlo. La agarraba fuerte y rígidamente, con unas manos grandes que le cubrían la mitad del antebrazo. La tiró al suelo. Rebeca, libre de pies y manos pero amordazada aún, se quedó mirando al hombre. Apenas podía distinguir sus facciones, estaba a contraluz, justo entre ella y la ventana. Ahora no podía controlar su respiración, fuerte y desbocada. El hombre se quitó la chaqueta, la camiseta, los zapatos, los calcetines, los pantalones y los calzoncillos. Estaba desnudo, y su sexo excitado. Rebeca comprendió que ese hombre iba a violarla. Sintió pánico, ardor en el estómago, náuseas, dolor de cabeza y mareos a la vez. A pesar de ello le quedaba un resquicio de capacidad racional y recordó que lo peor que se puede hacer en estos casos es resistirse, eso excitaba más a los violadores. Y a la vista estaba.
El hombre se agachó y comenzó a besarle la cara, las orejas, los labios, el cuello. Notaba la respiración excitada del violador en el cuello. Sus manos, grandes, la tocaban indiscriminadamente, eran el instrumento con el que desataba su deseo.
Había estado preparando este momento, Rebeca estaba convencida de ello. Lo pensaba mientras una lengua epiléptica revolvía sus pezones, erizados por la seguridad con la que agarraban sus pechos. Tenía una habitación preparada para ello, no había forzado a su víctima en una esquina oscura de un callejón cualquiera, sino que la había golpeado y trasladado meticulosamente, y ahora estaba regocijándose en su cuerpo en vez de terminar lo antes posible para satisfacerse y huir. La duda que le quedaba a Rebeca era si ese hombre había estado preparando una violación o su violación. La duda quedó disipada cuando escuchó un murmullo: “Rebeca”. Sería la primera y única palabra articulada que escucharía en ese cuarto. Este hombre había estado planeando su violación y, de alguna forma, la conocía. Debía sentir un apetito irrefrenable por ella, desearla por encima de todas las cosas. Tal vez amarla. No, no, amarla no. El violador se centraba ahora en el sexo de su víctima. Lo lamía desde arriba hacia debajo, introducía sus dedos mojados en saliva para facilitar la penetración. ¿Quién sería ese hombre? Tal vez un desconocido, un día se cruzó con ella por la calle y el deseo se encendió en él. Todos los días la seguía, le hacía fotos a escondidas, sacaba toda la información que podía de sus poses, sus maneras, sabía sus gustos por los locales que solía frecuentar, conocía a sus amigos y, claro, se masturbaba con ella. De repente Rebeca se dio cuenta de que sonreía. Se sintió escandalizada. Se dio asco.
El hombre, totalmente ido de sí, como loco, le dio la vuelta a Rebeca y la puso boca abajo contra el suelo. La abrió de piernas y la penetró con fuerza. El sexo que la penetraba era grande, salvaje, lleno de frenesí. Lo notaba vibrar dentro de ella. Se preguntaba por qué no sentía dolor, por qué había sonreído. Estaba muy excitada. Los gemidos del hombre, su ardor, la pasión que demostraba, el deseo al que olía cada gota de sudor que caía en su piel, todo la hacía sentirse en una especie de éxtasis momentáneo. Era una diosa, la diosa de aquel hombre. En el mundo no había nadie comparable a ella. Y volvió a sonreír, y la sonrisa se borró cuando tuvo que abrir más la boca y soltar un discreto, casi imperceptible, gemido. Estaba sintiendo placer.
Ese hombre no descansaba, seguía haciéndoselo desde atrás, con fuerza, violencia, pasión, frenesí, locura, deseo. Era un auténtico animal dejándose guiar por su instinto, su instinto de elegir a la mejor, a ella. De repente sacó el pene y, con rapidez y fuerza, le dio la vuelta a Rebeca y volvió a abrirle las piernas. Ahora estaban cara a cara. Volvió a penetrar. Rebeca seguía disfrutando. Más aún cuando pudo, al fin, contemplar la cara de su criminal. Cuando pudo ver el rictus de placer y deseo descontrolado que ponía la persona que la estaba violando, cuando contempló el rostro de su siervo, alcanzó el orgasmo. Y gritó. Más fuerte de lo que había gritado nunca.
Tras eyacular sobre su estómago, el hombre se vistió y se fue, jadeando.
Rebeca se quedó en el suelo tirada, mirando un techo que no veía. Se puso la falda, la chaqueta y los zapatos, lo demás estaba inutilizable, cogió su bolso cuando dio con él. De repente pensó en todo lo que había pasado y comenzó a llorar. Profundamente, el llanto provenía de lo más hondo de sus entrañas. Volvió a gritar, pero el grito emitía un sonido totalmente diferente al anterior. Nunca volvería a disfrutar del sexo.
Sacó la barra de labios del bolso y escribió su número de teléfono en la pared de la habitación antes de salir.
Vincent Law.
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